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Didascalias para la lectura de Valerio Magrelli
Hablar de Poesía, diciembre de 2002

Es raro, pero el aspecto didáctico de cualquier cosa es lo primero que olvida el poeta a la hora de escribir. Y sin embargo, o precisamente por eso, Valerio Magrelli se ha propuesto oficiar de vehículo explicativo de uno de los medios de comunicación más importante del siglo XIX y XX: el diario. No el diario personal, aquel al que el escritor acude una vez por día para dar cuenta de sus tribulaciones en el mundo de los vivos, para decir lo que lleva en el corazón, sino el otro, el periódico, el diario de noticias exaltantes, de pasiones contenidas, pero que al mismo tiempo no consigue moderar su lenguaje al que es de uso en el mundo de los lectores —lo cual es un modo también de ser peligrosamente poético.

La idea no podía ser mejor, y despierta ipso facto la envidia retroactiva, la confirmación de que una vez más hubiéramos debido dejarnos llevar por algunas intuiciones menores, allí donde creímos haber visto la elaboración de un proyecto –pero que, dado el resultado, o no tomamos demasiado en serio o no vimos con suficiente claridad. El diario es un mundo cerrado, con leyes propias, con sutiles diferenciaciones de estilo, con convenciones, con abreviaturas. Es decir, es un mundo que llama a ser descifrado, o por lo menos que incita a que el lector atento y expectante haga algunas consideraciones al respecto. Y toda buena consideración está cargada de ironía, porque la ironía de algún modo se refleja en el modelo, rebota, y termina oficiando más de retrato del observador que de crítica al objeto observado. Quiero decir que la ironía habla más de quien mira que de quien es mirado, porque lo mirado es siempre menos cambiante, nutrido y diferente que quienes miran, y por lo tanto las posibilidades de crítica se multiplican ad infinitum, y lo múltiple es siempre más interesante que lo simple.

De modo que Valerio Magrelli toma un diario, lo hojea. Es un acto que ha repetido innumerables veces, tratando de aferrar a simple vista primero la información que justifique su compra —basta una sola revelación para que el valor del diario se amortice; cuando esa revelación no existe lo que prevalece es una sensación de estafa, como la que inconscientemente experimenta el espectador de carreras de autos cuando no ha conseguido vivenciar o, mucho mejor, presenciar un solo accidente. La lectura del diario es mucho más compleja de lo que suponemos —no quiero decir con esto que Valerio Magrelli haya sido el primero en captar esa complejidad—, pero hacer de él materia y vehículo de poesía, bueno, eso es otra cosa.

Valerio Magrelli se ha propuesto un ejercicio similar al de los buenos críticos de arte —pero pienso especialmente en los buenos "lectores" de fotografías—: el "veo-veo", la lectura pormenorizada de todo lo que conforma un corpus demasiado familiar como para ser visto en toda su radiante insolencia. Magrelli observa el diario con la marca del misterio, pero al mismo tiempo demuestra una "familiaridad" extrema en su consumo, una experiencia que llegado a un punto se hace necesario comunicar prestamente. En otras palabras: busca en el diario, sin descanso, pero sabe de antemano lo que busca en él. Es la diferencia que traza lábiles hilos con la nouveau roman y los ejercicios de observación de Francis Ponge —a quien seguramente Magrelli leyó, y leyó bien. Se trata de esa capacidad de los buenos escritores para resbalar sobre el objeto como si se encontraran con él por primera vez, cuando en realidad consiguen resbalar gracias a una práctica incesante y obsesiva de observación. Cuando llega el momento de plasmar sus impresiones, son capaces de reconstruir el primer encuentro, es decir, de reproducir sin alteraciones la primera sorpresa, pero cargada de las impresiones que resultan de años de consideraciones y reflexiones al respecto.

La literatura "bien escrita" es despreciable, sobre todo cuando lo que está puesto en evidencia es ese virtuosismo de la expresión, ese llamado, esa misión por comunicar lo que sólo el que observa es capaz de percibir. Y el modo que el "buen escritor" encuentra para expresarse es casi siempre el modo explicativo, cargado de una artillería de trucos y juegos de manos con los que cree estar diferenciándose del resto de los mortales. Risible. El "buen escritor" cree que haciendo evidente su virtuosismo gana la partida, cuando en realidad juega solo, o al menos no juega con alguien interesado en continuar el juego, sino en descubrir, paso a paso, la hechura de la trampa. Pasa lo mismo con los prestidigitadores. No siempre consiguen "naturalizar" la actuación, de modo que el espectador pueda olvidarse de descubrir el truco, y se limite a perderse en los vericuetos de lo "real", de lo que acontece ante su vista, a dos metros de distancia, sin obstinarse en explicarse el resultado, dejándose llevar solamente por lo que ocurre ante sus ojos.

Hay otro tipo de escritor que a mí me interesa particularmente y es aquel que en cambio oculta el virtuosismo, pero esa ocultación es un acto de virtuosismo también, sólo que mayor. Porque el "truco" en este caso sólo se comprende investigando, separando, como hacen los químicos y los biólogos, los elementos en disputa y participación, de tal modo que, llegados a un punto, otro virtuosismo se hace visible: el virtuosismo que le permite ocultar el virtuosismo.

Este es el "método" de Valerio Magrelli, de lo que resulta una especie de manual sintético, una sucesión de radiografías en las que es posible ver el esqueleto de las noticias y las secciones. Todo eso pasado por el tamiz magrelliano, que siempre, como decía más arriba, es irónico, pero de una ironía, vuelvo a repetir, que sirve más para retratar al poeta que al diario. Todo puede fusionarse en el proyecto, porque en el proyecto reside todo, o mejor dicho, el Todo. La noticia tiene leyes, y el tema consiste en desbaratar a la noticia, lo que de paso sirve como excusa para desbaratar la gramática. Porque en cierto sentido la poesía es una noticia también —no es sólo una concesión al buen gusto de los lectores el hecho de que los diarios publiquen cada tanto poemas. En este caso la "noticia" consiste en haber comprendido y comunicar el desbaratamiento de ese truco, de ese mecanismo que hace de la noticia poesía y de la poesía noticia. En cada poema de Magrelli lo que queda es eso: un vector resultante, un silogismo con carácter eterno que puede crecer, provisionalmente, y dictamina el cómo y el por qué de determinada presencia o ausencia, que resume un modo de leer y, por lo tanto, de pensar.

Pero todo termina, y llegados a un punto debemos cerrar y arrojar de lado el diario de hoy y el libro de mañana. Nada termina. Puede parecer una broma, pero comprender a Magrelli puede ser uno de los acontecimientos más importantes de la vida de una persona. Magrelli sin magrellismo: el magrellismo es una enfermedad que ataca a los jóvenes poetas y que puede acabar con la vida de cualquiera. Magrelli es un crítico eficaz de la sociedad contemporánea, un cronista que hace reportajes críticos sobre ella, pero que mantiene la distancia de lo que observa como un sociólogo y que se emociona como un poeta. Magrelli es el modelo del intelectual moderno. Industrial, poeta, sociólogo, divulgador científico, fotógrafo y crítico. Una mente desesperada alimentada con lucidez. Escribe poemas con la vehemencia y la voracidad de un apóstol —y lo más sorprendente es que todavía se encuentra en el umbral de su capacidad creadora. En los próximos diez años su poder creador asumirá las proporciones de una verdadera genialidad: como Bach y Godard, Magrelli produce la estructura de la poesía del futuro. Y si a veces nos movemos en medio de la incomprensión que gira en torno a su obra, eso se debe a la falta de información que tenemos para develar los problemas que sólo Magrelli es capaz de percibir.